"Toda gran transformación de las relaciones de producción se da a través del desarrollo de una nueva cultura, que forma los agentes de la transformación económica y a la vez debe significar una revolución ideológica que antes y después del ascenso al poder debe conformar una nueva sociedad civil"
Gramsci

domingo, 30 de septiembre de 2012

Modernidad, espacio público y política


El paso hacia la modernidad constituyó un cambio histórico para la humanidad, que no solo representó nuevas visiones de mundo, costumbres y experiencias, sino también modificó los conceptos de tiempo y espacio, que a primera vista parece algo simple, pero que en realidad evidencia el cambio profundo en la mentalidad y vida de lxs hombres y mujeres modernxs.

Zygmunt Bauman hace una reflexión al respecto en su obra La Modernidad Líquida (1), recordando que antes de la modernidad, las concepciones de tiempo y espacio eran inseparables e interdependientes. Con la aparición de medios de transporte no-humanos y no-animales, el tiempo se convirtió en una herramienta subordinada a la técnica humana y empezó a medirse respecto a esta.
Sin embargo, aunque la modernidad se caracterizó por separar estos dos conceptos, también dentro de ella se definen según se encuentren dentro del marco de la modernidad pesada o liviana. La pesada, primera etapa de la modernidad, se caracterizó por su obsesión por el gran tamaño y la propiedad de la tierra como elemento dominante (espacio), donde el tiempo contaba en la medida en que se uniformara y coordinara para lograr mayor eficiencia y productividad. 
En la modernidad liviana, que Bauman vaticinaba como la futura y que corresponde a la actual, el espacio y el tiempo pierden su valor y relevancia, quedando relegados por el constante deseo de la inmediatez, impulsado por la necesidad de consumir objetos, servicios y personas todo el tiempo, intentando anular la posibilidad de construir un vínculo con cualquier cosa.

Esto no solo se evidencia en el cambio del tiempo y el espacio, sino de la vida pública. El discurso de la modernidad, impregnado por el sentimiento marcadamente individualista, que lleva a considerar al Otro como una amenaza, ha institucionalizado el miedo hacia lo extranjero y diferente a través del sistema de valores imperante. Es común escuchar en ciertas ocasiones la referencia a “lo civil”, “la civilidad”, “la civilización”, que puede referirse a una especialidad del derecho, a un comportamiento contrario a una manifestación violenta, a un modo de concebir la sociedad…pero Bauman es claro al ratificar la civilidad como “…la capacidad de interactuar con extraños sin atacarlos por eso y sin presionarlos para que dejen de serlo o para que renuncien a algunos de los rasgos que los convierten en extraños”(2). Y aunque es común encontrar varias alusiones sobre esta capacidad, a veces con otros nombres en el discurso moderno, lo cierto es que  para Bauman, en la práctica los espacios civiles modernos fomentan todo menos la posibilidad de interactuar con el Otro.

Bauman reconoce cuatro lugares que aumentan el miedo hacia el Otro e impiden o anulan (o al menos eso pretenden) la interacción con lxs demás. El primero de estos espacios públicos urbanos pero no civiles son las construcciones o monumentos que inspiran respeto y guardan determinado significado histórico, pero desalientan la permanencia. Es decir, se convierten en lugares de tránsito entre lxs extrañxs, pero dan lugar a la posibilidad de una interacción.  El segundo se refiere a los lugares de consumo, espacios que instan a la acción (comprar/vender/consumir/usar) pero no a la interacción, erigidos como los nuevos templos de peregrinación en cada ciudad moderna. Estos lugares se caracterizan por brindar una experiencia “pura”,  segura y libre de todo temor, ya que genera en lxs hombres y mujeres un sentimiento de pertenencia a una comunidad, en la que todxs son iguales y tienen los mismos intereses: comprar y consumir. Un tercer espacio comparte características con el espacio de tránsito, pero los no-lugares se diferencian en que posibilitan la permanencia a un nivel meramente físico, con regulaciones en las normas de comportamiento, como los medios de transporte, los museos, los hoteles, etc. Por último, los espacios vacíos constituyen dentro del mapa mental individual y colectivo los lugares que existen pero que son invisibilizados por dicha persona o colectividad, y que no representan importancia o no tienen valor.

Bauman explica que estos cuatro lugares buscan anular completamente la capacidad de civilidad, porque se basan precisamente en la exclusión del Otro (antropoémia) o la normalización de sus conductas de modo que sea igual a mí (antropofagia). El autor considera entonces lo público como el espacio de interacción con el Otro, que es imposible por la transformación de la esfera pública que ha traído la modernidad.

Para Hanna Arendt, en la modernidad se desdibujó la línea que divide lo público de lo privado (entendidos como representaciones de valores y espacios de desarrollo del sujeto). Lo privado, representado mucho tiempo en la familia y lo público en la polis, se mezclaron cuando la política y la economía se permearon entre ellas (3). Creo que Arendt es bastante acertada, quizá más que Bauman, al definir el espacio público desde el ámbito de lo político. Más que el espacio de interacción con el Otro, Arendt percibe lo público lejos de su arquitectura, función o ubicación. Es el espacio en el que hay participación del sujeto de manera activa, es decir, cuando el sujeto se apropia de ese espacio y construye un discurso, se expresa y toma decisiones. La política se daría en el momento en que a través de esa interacción y el intercambio de discursos (reconociendo al Otro como tal y por sí mismo), lxs hombres y mujeres se organizan para satisfacer sus necesidades. La política eleva la condición animal del hombre más allá de velar solo por su supervivencia, y le permite abarcar dimensiones más amplias para la construcción del bienestar colectivo (4).

La preocupación constante de Bauman por la negación de la interacción con el Otro desde los diferentes espacios públicos, es a mi modo de ver, solo una de las expresiones de la falta más que de civilidad, de conciencia política que la modernidad intenta generalizar. La política concebida como Arendt la plantea, desde la organización de hombres y mujeres para satisfacer sus necesidades y realizarse como individuos y colectividad, lejos del circo que se nos impone como democrático, asociado con los partidos y los votos, élites políticas disputándose el poder como aves de rapiña, los negocios guerreristas y económicos sobre la vida de lxs demás, etc., entre otras prácticas empleadas desde la casa blanca de la “libertad y la democracia” extendidas a todo el mundo, que no solo alejan a las personas de la verdadera política, sino que dificultan la posibilidad de un cambio cuando delegamos nuestra responsabilidad a quien nunca pudo ni podrá representarnos.



BIBLIOGRAFÍA

(1) BAUMAN, Z. (2002) Espacio/tiempo en Modernidad Líquida, FCE, México D.F.
(2) Ibíd., pp. 113
(3) ARENDT, H. (2009) La esfera pública y la privada en La condición humana, Paidos, Buenos Aires.
(4) ARENDT, H. (1997) ¿Qué es la política?, Paidos, Barcelona. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

¿Diversidad cultural y desarrollo?


El debate sobre la diversidad cultural tiene diferentes abordajes alrededor del mundo, dependiendo de cómo se entiendan los términos de cultura, diversidad, identidad, política, etc., y las relaciones que se creen en la práctica entre ellos.

La UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), como organismo adherente a la ONU, presenta unas políticas respecto a los derechos humanos y la diversidad cultural en su declaración universal, que pretenden dar una dirección a los países pertenecientes sobre la protección de la diversidad cultural a nivel nacional e internacional.

Para la UNESCO, la cultura es definida como “el conjunto de los rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social y que abarca, además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”, que coincide básicamente con la acepción de cultura a nivel general. 

Del mismo modo, concibe la diversidad cultural como un patrimonio de la humanidad que debe ser salvaguardado, pues representa el diálogo e intercambio entre culturas; y caracteriza el pluralismo cultural como la expresión política de la diversidad cultural, esto es, el reconocimiento de la existencia de este fenómeno y la implementación de políticas públicas que propendan por el respeto de la identidad colectiva de las minorías.

Aunque a simple vista los planteamientos de la UNESCO respecto a la diversidad cultural parecen ejemplares y necesarios, me parece importante problematizar algunas de sus propuestas a nivel conceptual.

Al ser una fracción de la ONU, la UNESCO representa unas políticas y discurso específico, que responde muchas veces a una agenda política y económica definida por los países más poderosos del mundo. Esto se evidencia en el discurso sobre el “desarrollo” o estado que deben alcanzar los países tercermundistas para igualar a los que no lo son, y que niega no solo el proceso histórico, cultural, social y económico de cada país, sino que también su responsabilidad sobre las situaciones de pobreza que sufren dichos países.

Este término de desarrollo se refiere a grandes rasgos a la consolidación de una economía e industria competitiva con el mercado mundial y la inversión en investigación tecnológica, que permita superar en lo posible las desigualdades sociales. Sin embargo, esto no contempla un desarrollo integral, referido a un cambio efectivo en la estructura económica y social que lleve a la eliminación de la brecha entre clases, y que propenda por la construcción de una sociedad verdaderamente democrática, con justicia social y en paz estructural.

De allí se desprenden otros conceptos como la economía fundada en el saber, es decir, en el desarrollo de la investigación tecnológica, sin que esto implique que esta investigación contribuye al fortalecimiento de la situación económica, social, política o cultural del país, ni que garantice el acceso de la población a dicha tecnología. Del mismo modo, la UNESCO considera fundamental garantizar el derecho y el acceso de todas las personas a las herramientas artísticas, científicas y tecnológicas, y lograr un nivel de alfabetización digital razonable, aún cuando hay territorios nacionales en los que ni siquiera hace presencia un Estado o hay agua potable, o servicios básicos.

La UNESCO recomienda también proteger el patrimonio lingüístico por medio de los sistemas educativos. El Estado colombiano, a pesar de la gran variedad y riqueza cultural y lingüística presente en las diferentes etnias indígenas que ocupan el territorio, no promueve políticas que protejan en la práctica ni la lengua, ni otros derechos de los pueblos minoritarios.

La ONU puede tener en la teoría objetivos loables para la protección de los derechos humanos y la seguridad internacional, pero considero que tiene dos problemas fundamentales que no permiten que se lleven a cabo sus objetivos efectivamente:  primero, su carácter de organismo global que sin embargo no cuenta con la totalidad de los países del mundo como adherentes, lo que ocasiona una ambivalencia en las políticas y una práctica poco efectiva y segundo, su discurso reformista que no propende por cambios estructurales del sistema que lleven a una justicia, libertad y paz sentada en la igualdad social.


Bibliografía